Primer polvo en Holanda

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Primer polvo en Holanda

No, disculpa el gancho, pero esto no es un relato como los que por desgracia a veces aparecen por ahí sexualizando a la mujer. Tampoco uno que busque compasión. Mi deseo es únicamente compartir una de mis primeras experiencias como emigrante que se me ha quedado grabada para siempre.

Es mi primer día escolar en Holanda a la edad de 9 años y a principios de los ‘70. Es la hora del recreo y salimos al patio a jugar. Yo no conozco a nadie y como todavía no hablo una palabra de holandés (tardaría exactamente un año en hablarlo fluido) estoy en un rincón del patio aislado de los demás niñ@s.

Un grupo de niños se me acerca y con señales me dan a conocer que quieren compartir conmigo una especie de regaliz en forma de polvo en sobre. Uno de ellos pone demostrativamente los polvos en su mano y los lame con cara de notable satisfacción. Yo, loco por sentirme parte del grupo asiento y extiendo mi mano para degustar ese aparentemente delicioso polvo llamado “zwart/wit” (blanco y negro).

Me inclino un poco para chupar mi mano extendida cuando de pronto uno de ellos me da una fuerte palmada en la parte inferior de la mano. Los polvos se adentran en mis ojos provocándome un terrible escozor mientras mi nariz parece estar inhalando un cubo entero de ácido.

Tengo los ojos llenos de lágrimas y la garganta desgarrada pero mis compañeros no dejan de reirse. Ellos festejan por todo lo alto la primera derrota de un intruso al que no se le ha perdido nada en su pueblo y están decidos a dejarme claro desde un principio cuál será mi lugar aquí.

Afortunadamente no tardaría en llegar a clase otro chico español de mi edad llamado José a quien más tarde le pondríamos “El Gordo”. El Gordo era de Málaga y en pleno desarrollo ya bastante más corpulento que yo. Con él se cumpliría para ambos un dicho similar en holandés que dice que “Dolor compartido es la mitad de pena”.

Aunque recuerdo momentos en que ambos nos veíamos obligados a abondonar el cole corriendo perseguidos por nuestros endemoniados compañeros, el miedo y la desesperación ya no eran tan acojonantes como al principio cuando estaba solo.

A veces al final de una carrera El Gordo y yo nos mirábamos el uno al toro y no podíamos aguantar la risa ante esta nueva y absurda realidad. Quizás intuíamos que pronto llegarían tiempos mejores en los que formaríamos parte de un grupo mayor de jóvenes españoles unidos e incluso con nuestro propio club de fútbol llamado “Ideales”.

A partir de ahí defenderíamos a muerte nuestra identidad y a nadie más se le ocurriría ponernos un dedo encima.

Club de fútbol Ideales

 

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